El suicidio

El suicidio

Leyendo un libro de entrevistas a David Foster Wallace, un pensador y escritor norteamericano contemporáneo, no he podido evitar sentir admiración por una personalidad genial.

Filósofo, licenciado en literatura y en matemáticas, fue un novelista postmoderno brillante como pocos. Lo cual no le impedía escribir tratados sobre números transfinitos o hablar sobre lógica formal. No en vano, su padre y su madre también eran filósofos. En el caso de su padre alumno del último discípulo de Wittgenstein.

Desgraciadamente, Wallace, nacido en 1962, se ahorcó en 2008 después de una serie de tratamientos fallidos. Previamente había ingresado en alcohólicos anónimos. ¿Cómo es posible que una personalidad genial como esa acabara ahorcándose en un cuarto?.

Dejando aparte la posible enfermedad mental y el alcoholismo, que sin duda son factores poderosos, alguien tan inteligente y culto debería estar por encima de esa trampa que nos hace la mente plantando en nuestro interior sólo la semilla de una idea, que es la idea del suicidio.

El peligro está en que esa pequeña semilla de una idea terrible como la del suicidio, arraigue en nuestro cerebro. Una vez que ha sido plantada esa semilla, por pequeña que sea y lejana y remota que nos parezca la idea, ya estamos perdidos. Antes o después, la vida nos pondrá ante situaciones y problemas en los que se abre una falsa puerta de salida, que es el suicidio. Si es idea ha anidado en nuestra cabeza aunque sea décadas atrás, estamos en peligro.

La verdad es que los motivos o causas objetivas del suicidio están mas o menos claras. El problema no está ahí. Todos lo sabemos. Ruina económica, falta de futuro, divorcios, enfermedades, sentimientos de culpabilidad de diverso tipo y por supuesto las enfermedades mentales, el alcoholismo y las drogas. Se pueden hacer muchas clasificaciones, tipologías, etc, y seguro que hay sesudos libros de psicología y psiquiatría que diseccionan el problema y lo retratan mucho mejor de lo que yo lo haré jamás.

Sesudos libros por cierto, escritos por profesionales de la psicología y psiquiatría que no han aportado la mas mínima solución al problema mas allá de infinitas y carísimas sesiones de terapia que de poco sirven. La ayuda de esas sesiones es básicamente el alquiler de unos oídos que a cambio de su precio ejercerán el bálsamo que supone ser escuchado y seguro que por ese dinero darán sabios y prudentes consejos.

Los mismos que puede dar un sacerdote o un buen amigo completamente gratis. Pero mi discurso en este post no va por ahí. Desde esta oscura y húmeda Cripta pensamos que el suicidio es un problema real, muy grave, de difícil solución y que, cuidado, nos puede afectar a todos. Hay que hacer un análisis mucho mas profundo, hasta donde se pueda.

El suicidio es un tipo de problema muy peliagudo, porque obedece a dos factores:

  1. El problema del precio. Nadie está exento. Como suele decirse, todos tenemos nuestro precio. Todo el mundo se acuerda de la película “una proposición indecente”. En esa película, la mujer accede a una infidelidad a cambio de mucho dinero. La idea de base es que todos tenemos nuestro precio. En el suicidio también. Todos tenemos un límite que no podremos pasar. Ese nuestro precio. Es cuestión de subir el listón, y ese listón se puede subir hasta el infinito. En este planeta purgatorio se pueden dar situaciones objetivas de todo tipo (amén de las subjetivas) por las cuales, todos y cada uno de nosotros, tendremos nuestro precio.
  2. El problema de los límites. Suele decirse y con mucha razón, que todos los problemas tienen solución (o no) excepto la muerte. Y esta quizá es la mejor medicina contra el suicidio. Ya sé que relativizar es muy cómodo decirlo cuando a uno le va todo bien, pero otra cosa es hacerlo cuando estás pasando las de Caín. Pero fijaros en una cosa, y creo que aquí está la clave del problema del suicidio, que no la solución, ojo.

El problema de los límites, lo que quiere decir es que cuando alguien quiere suicidarse es porque ha encontrado un obstáculo que lo limita y que, desde su punto de vista, no puede superar. Puede ser cualquier cosa, una enfermedad incurable, pero no necesariamente mortal, o, al menos, no mortal de inmediato. Pero pueden ser muchos otros motivos, no tiene por qué ser algo aparentemente muy grave. Puede ser que el sujeto esté sufriendo acoso en el colegio o en el trabajo, un desengaño amoroso, mil cosas.

La mejor manera de ver esto es hacer un viaje imaginario en el tiempo. Me traslado a un futuro cercano pero flexible. Por ejemplo 5, 10, 15 años en el futuro y pienso en mi futuro con ese obstáculo que ahora creo insuperable y lo comparo con otros casos de otros problemas. Si se hace este ejercicio con honestidad, la mayoría de los obstáculos se diluyen o se relativizan. De aquí viene el refrán de no hay mal que 100 años dure.

Parece una tontería, pero cuántos suicidios se habrían evitado aplicando este sencillo método. Yo tuve un familiar que se suicidó porque no pudo soportar el cambio que supuso pasar de un régimen autoritario a la democracia. Influyeron otros factores, el análisis no es tan simplista, lógicamente, pero eso le produjo un estado depresivo permanente.

Si el hubiera hecho ese viaje imaginario desde 1975 a 2021, no se habría suicidado seguro. Las cosas siempre están cambiando y no necesariamente para bien o para mal. Simplemente cambian. Cada día tiene su afán y lo que hoy nos parece un problema insuperable, en un tiempo mas corto del que pensamos simplemente desaparece por sí solo, sin hacer nada.

Dice un sabio refrán: siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo. Cuando yo trabajaba, había problemas muy molestos que tenía que resolver. No eran urgentes, pero eran asuntos peliagudos y liosos que surgían de repente y allí estaban, en la lista de pendientes para hacer algo con ellos.

Ante este tipo de problemas, muchos de ellos artificiales o sin mucho sentido o motivación, hay algo que no falla. No hacer nada. Déjalos aparcados encima de la mesa. Me apuesto lo que quieras a que en unos meses, coges esos papeles que tan acuciantes eran, los rompes y los tiras a la papelera sin mas.

Los problemas vitales funcionan de manera parecida. Hemingway se suicidó con una escopeta de caza porque no pudo soportar las incomodidades de la diabetes. Quizá no le faltase motivación. Yo no juzgo a nadie. O quizá en unos años se descubriría un tratamiento para controlar los efectos de dicha enfermedad. No sé si hubiera sido su caso, lo ignoro. Pero seguro que fue el de mucha gente que dio el paso de suicidarse.

Y en cualquier caso, no hay que perder de vista un hecho fundamental a la hora de analizar el problema del suicidio. Es una gran verdad la siguiente: La consecuencia última de suicidarse como de no suicidarse es la misma: la muerte.

El suicida simplemente adelanta algo que va a ocurrir si o si en virtud del problema del precio y los límites. Hay que añadir que esto es una manera simplista de verlo, lo reconozco, pero los análisis se tienen que hacer a veces de forma simplista al principio para profundizar en casos complejos como este. Se suele decir y con razón que la depresión es una de las primeras causas de suicidio. Y siendo esto verdad, no deja de ser una tontería. Todo el mundo que se suicida está deprimido, si no no se suicidarían. El problema es saber por qué llegamos al estado de depresión.

Nuevamente la respuesta es parecida. El precio y los límites. Todos tenemos nuestro precio, nuestra oscuridad que no vamos a saber superar producida por unos límites o situaciones limitantes que en ese momento vemos insuperables y angustiantes. Todos conocemos las historias de personas que pierden los brazos o las piernas, lo cual los puede situar de hecho en un pozo depresivo por las limitaciones que eso les supone, pero que superan por ejemplo haciendo cuadros con los pies o cualquier otro tipo de actividad sustitutiva.

Y esa es otra palabra clave. Sustitución. Es un hecho hoy día que muchas cosas que nos gustan o que podemos hacer tienen sustitutos. Si no puedo fumar, puedo vapear. Si el médico me ha prohibido el alcohol, hay cerveza sin alcohol. Si no puedo tomar azúcar existe la sacarina incluso pasteles sin azúcar. Hasta existe la sal baja en sodio. Para casi todas las incomodidades o limitaciones existe un apaño o sustitución. Esto debería llevarnos al siguiente pensamiento. No hay nada irreversible excepto la propia muerte. El suicidio precisamente es el acto de precipitarse hacia algo irreversible. Es pagar un precio infinito por un problema que cuyo precio es caro pero abordable y quien sabe si con el tiempo barato o gratis.

Pero luego están las otras causas del suicidio, como las causas psicológicas o vitales. Hay personas que se suicidan, simplemente porque la vida les parece absurda, sin sentido. No están enfermos, no tienen grandes problemas vitales o económicos, pero llegan a la conclusión de que la vida es absurda y no merece la pena pasar un minuto mas en este planeta purgatorio.

Es un problema que no se puede solucionar fácilmente porque no se le puede aplicar el razonamiento del precio y los límites. En este caso no hay precio, no hay ninguna situación angustiosa que nos empuje a ver un límite que no podemos superar. Simplemente es un razonamiento lógico seguido de una conclusión lógica. Percibo y razono que la vida no tiene sentido y concluyo que lo mas sensato es suicidarse para salir así de algo que es absurdo.

Personas intelectualmente avanzadas se niegan a vivir en lo que ellos consideran una vida sin motivaciones verdaderas y optan por el suicidio. Aquí tengo mis dudas. El existencialismo de Sartre es el mejor representante de esta postura. Un existencialista es alguien que siente repugnancia por el hecho de existir, que su mera realidad física, su existencia material, le produce horror.

Este tipo de sistemas filosóficos similares al nihilismo solo pueden prosperar en personas o en sociedades profundamente ateas y materialistas. No ya que no crean en ningún tipo de dios o de religión, sino que no creen en nada que no sea material, en ningún tipo de trascendencia ni espiritualidad. Personas así, y en nuestros días hay muchas, son carne de suicidio. En el fondo la ley de eutanasia es esto mismo. No soporto la existencia y cuando se acaban los tiempos de vino y rosas yo mismo solicito que me den matarile.

En fin, este es un problema muy grave al que yo simplemente he querido aproximarme con estas reflexiones.

David Foster Wallace, el personaje que me ha traído hasta estas reflexiones cumplía todos los requisitos para suicidarse. Persona muy inteligente y culta pero educada en un ambiente familiar profundamente ateo, sin horizontes vitales. Le llegó el éxito de forma temprana y eso unido a malas compañías hizo que abusara del alcohol y las drogas. Cuidado con esto que el alcohol y las drogas producen enfermedades mentales de verdad. Tu no tienes ninguna enfermedad mental pero adquieres una consumiendo estas substancias.

Ese consumo le llevó a un problema de adicción, y a desarrollar una enfermedad mental sin un tratamiento fácil. Su falta de horizontes vitales y espirituales se agravó mucho, porque, en palabras de el mismo, la televisión destrozó su mente como la de muchos de la generación X en los años 80. Simplemente sustituyeron a Dios por 6h diarias de tv. Wallace mismo decía que tenía el cerebro tan lavado por la tv que era como una droga para el. Tuvo que tirar el aparato de tv a la basura, pero ya era muy tarde, estaba abducido por ella. Además por tele-basura, concursos, series horrendas, etc. Cuidado pues con la televisión.

Intentó en varias ocasiones iniciar una vida religiosa, porque bien sabía el que era la única escapatoria al infierno donde estaba. Su precio y sus límites. Desgraciadamente era tarde y esos intentos no fructificaron. 40 años de vida nihilista y atea corrompida por una juventud sin despegarse de la telebasura contribuyeron a que no pudiera superar la depresión. Y la solución existía, pero el no supo alcanzarla aunque lo intentó.

Se suele acusar a la iglesia de que maldice a los suicidas por considerar que el suicidio es pecado. Esto no es así. Si hay una enfermedad mental, una depresión o enajenación, el suicida no es responsable del todo de sus actos y por lo tanto ahí no hay pecado. Para que hay pecado tiene que haber voluntad o intencionalidad. Solo se condena el suicidio intelectual. El que se hace por snobismo, por despreciar los designios de Dios. Es como coger los planes que Dios tiene para nosotros y tirárselos a la cara. Es una actitud de desobediencia y rebeldía parecido al de Satán.

Y ya que hablamos de Satán no está de mas recordar que el diablo desea que nos suicidemos. Es una de sus estrategias de hoy para destruir al hombre. El diablo nos incita a que nos suicidemos. El objetivo de muchas posesiones diabólicas es que finalicen en el suicidio del poseso por no poder soportar la presión psicológica que supone estar con una personalidad hostil y malévola dentro de si. En muchas ocasiones lo consigue. No olvidemos tampoco lo que los exorcistas como José Antonio Fortea nos dicen a este respecto: Una enfermedad mental no implica necesariamente una posesión , pero muchas posesiones ocasionan enfermedades mentales reales. Cuidado pues con el esoterismo y según que prácticas ocultistas.

¿Puede un poseso matarse?


Dado que el demonio toma posesión de un cuerpo y puede moverlo y hablar a través de él, muchas personas se preguntan si en tal estado podría llegar a matar. La experiencia demuestra que el poseso en estado de trance puede hacer muchas cosas: quedarse quieto con los ojos en blanco, convulsionarse, gritar, etc. Pero normalmente no suele hacer cosas contra sí o contra otros por la sencilla razón de que Dios no se lo permite. El demonio que posee quiere hacer todo el mal que pueda, pero Dios con su voluntad pone límites que él no puede traspasar.


De todas maneras si el poseso tiene un espíritu de suicidio, entonces sí que existe un peligro real de que en ese estado de trance el demonio le impulse a tirarse desde una ventana o a clavarse algo, etc. Los posesos que están poseídos de un espíritu de suicidio deben ser vigilados y los permisos episcopales para proceder a su exorcismo deben tramitarse con la mayor urgencia.

La mayor parte de los posesos viven y mueren posesos. Y eso fue así antes de Cristo y también después. Los posesos o pueden sobrellevar una vida normal, o quedan aislados en casa atendidos por familiares o han acabado en centros psiquiátricos a lo largo de la historia o se han suicidado.
Cristo entregó este poder y esta autoridad sobre los demonios, pero su ejercicio siempre ha sido excepcional, muchas menos veces de lo que hubiera sido preciso.

Vemos para finalizar y como curiosidad la influencia del rock satánico en el problema del suicidio. Dice el sacerdote exorcista José Antonio Fortea : Ningún cristiano, ningún bautizado que se considere discípulo de Jesús, debería nunca comprar discos de estos grupos, ni asistir a sus conciertos. Sus letras escuchadas día tras día, penetran en el subconsciente. Los que escuchan estas músicas y acaban abriéndose a ellas de corazón, sufrirán influencias de espíritus inmundos. Muchos suicidios, depresiones y problemas mentales de los jóvenes tienen a este tipo de influencias espirituales malignas como causa coadyuvante.

Si rezaran, si recibieran los sacramentos, esas influencias se debilitarían y serían borradas, sustituyéndose por la acción de la gracia en el interior del alma. Pero como los jóvenes están alejados de Dios en su mayoría, las influencias malignas se van acumulando, acrecentando y finalmente emergiendo en forma de agresividad, mal carácter, falta de ilusión y conformando verdaderos desarreglos psicológicos.

El efecto moral del rock satánico es devastador. Los jóvenes son incitados por esas letras a hacer el mal, a alejarse de Dios. Se acostumbra a esos jóvenes a ver como normal cosas aberrantes. Si invocan a demonios o los alaban, en esas canciones, los demonios vienen y les provocan influencias demoníacas: mal carácter, depresión, riñas, tendencias suicidas. Si esos jóvenes después oraran con fe, esas influencias al ser leves desaparecerían sin dificultad. Pero como no oran, permanecen y las tienen que sufrir a veces de por vida.

En definitiva, estamos ante un problema para el cual la psiquiatría y la psicología apenas tienen herramientas. El propio David Foster Wallace fue sometido terapia electroconvulsiva porque los fármacos ya no hacían efecto, lo no que nos da una idea de la desesperación de los médicos a la hora de buscar soluciones.

 

 

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